Valencia, Ciudad del running

Siete y media de la tarde. Esa franja horaria, en esta época del año, en la que la golden hour comienza a acabarse, pero aún el clima es benévolo. Y más en Valencia. Zona del Oceanográfic, El Corte Inglés, un centro comercial, gente paseando en pareja, en familia, jóvenes despistados que miran más al móvil que a la maravilla que tienen delante.

La ciudad bulle -al menos esta parte- y salgo del hotel y comienzo a correr. Me esperan apenas treinta minutos de trote. Y conecto Spotify y me salta, en una alerta, la noticia de que Antonia Font han vuelto tras once años y tienen nuevo disco.

Comienzan los primeros acordes de la primera canción al mismo tiempo que llego a la zona de jardines -disculpadme valencianos, ni sé cómo se llama, ni lo voy a buscar-, en la que cientos de personas pasean, corren, patinan, disfrutan del césped.

Pasan los minutos, pasan mis kilómetros y pienso en que mañana corro treinta cámara en mano, y repaso qué quiero contar, y en qué momento quiero hacerlo, y tengo las dudas lógicas de saber si lo pasaré mal, si se me hará bola tanto volumen. Pero al mismo tiempo disfruto del instante que vivo, del contexto, de Joan Miquel Oliver cantándome al oído al tiempo que anochece. Trato de saborearlo y que se tangibilice lo máximo posible.

Son treinta minutos, pero ojalá fueran más. ¿Por qué no correr una hora así, rodeado de tanta gente, y al mismo tiempo tan solo, con Valencia para mí?

En momentos así me siento un privilegiado, afortunado de saber que me pagan por disfrutar de lo que más me gusta.

Que no se acabe nunca.

Diego Rodríguez escucha Un minut estroboscòpica de Antonia Font.
Diego Rodríguez sueña con no desfallecer mañana.
Diego Rodríguez ha comido pulpo a la plancha y tiramisú.

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