En algún punto entre Madrid y Charlotte

Según el mapa de vuelo de la pantalla del avión, ahora mismo me encuentro en un punto indeterminado, en pleno Atlántico, entre Ponta Delgada y la Zona de Disyunción Charlie-Gibbs. Para mí que es un nombre inventado.

Salí del aeropuerto Adolfo Suárez Vodafone Madrid-Barajas Kalia OxiAction a las once de la mañana, y ahora mismo aún falta cinco horas y trece minutos para llegar a Charlotte, primera escala del viaje a Kona.

Otro año que voy a cubrir el Campeonato del Mundo de IRONMAN, y con éste, ya serán cuatro ediciones. En 2017, aún trabajando en banca, me parecía un sueño; en 2018, junto a JuanP, ya tocó trabajar -Crown Sport Nutrition, ASICS, Trifanatics y Zone3, aún lo recuerdo-; y en 2019 fui de los afortunados que vio entrar a Jan Frodeno en meta haciéndose con su tercer título.

Ir a la isla es ir a la meca triatlón, y me da igual si quien me lee es aficionado a la corta o a la larga distancia. Nuestro deporte nació allí, y creo que, pudiendo tener la capacidad financiera para permitírselo, habría que ir al menos una vez en la vida -al menos a verlo-, porque no deja de ser un puto espectáculo. Otra cosa es que languidezca y todo apunte a que tenga los días contados.

IRONMAN tiene inversores, que toman decisiones, y se vislumbra que en alguna edición, no muy lejana, se decida rotar la sede igual que se hizo hace algo más de una década con el Campeonato del Mundo de IRONMAN 70.3, que se venía celebrando desde sus principios en Clearwater, Florida.

Y no pasará nada.

Kona está por morir, pero no aquellos que piensan que no hay nada más importante que Kona (pobrets meus)

Quizás en algún momento dado convendría que la prueba, tal como la conocemos, pierda toda esa mística que la nostalgia y el ego -porque buscar clasificar para el Campeonato del Mundo de IRONMAN no es más que una cuestión de ego-, quieren mantener.

Ayer, en Strava, un amigo -sin maldad ninguna, por supuesto-, criticó de manera subrepticia los ritmos a los que había entrenado. Soy un señor lento, que en parte ha perdido las motivaciones para mejorar, y que trata simplemente de disfrutar de cada entrenamiento. Que ya me parece un éxito.

En ese contexto, creo que estoy en una batalla personal contra todos aquellos que piensan que si no corres rápido, pedaleas rápido o nadas rápido, es lícito mirarte desde una posición de preponderancia, como con desdén, o con cierto paternalismo. Cuando creé Planeta Triatlón lo hice porque precisamente pensaba que el popular de a pie no tenía una revista en la que sentirse identificado, que todo era información sobre pruebas que mirar desde la distancia, sin un sentimiento de pertenencia.

Supongo que por entonces, allá en 2015, fue una de las razones por las que tuvimos éxito. Además de lo que contaba hace unos días de los treinta años escribiendo, y saberme rodear de gente que también tenía como máxima escribir bien, el aporte de valor de Planeta Triatlón fue saber crear una comunidad de afines, de gente que se sentía representada con lo que contábamos y cómo lo contábamos.

Siete años después obviamente ha habido cambios en la revista, pero sigo pensando que la razón de ser del medio es escribir para todos aquellos que hacen malabares para meter un entrenamiento entre trabajo y familia, que fallan, que al día siguiente se dicen a sí mismos «venga, va, sal aunque te dé pereza», y van y salen.

Soy de los que prefiere una cerveza con los amigos, o estar tirado en el sofá viendo Manzana y cebolleta con mi hija, a un entrenamiento que no me apetece hacer. Por fortuna, en estos momentos hay pocas sesiones que no me apetezca hacer; las hago, pero después no me preocupo por si en la cena ha habido déficit calórico o no.

Es un puto hobby, recordémoslo.

Aprecio a los que miden absolutamente todo y priorizan entrenamiento ante otros aspectos de su vida -no entiendo clasificar para el Campeonato del Mundo de IRONMAN de otra manera, soy consciente de todo el esfuerzo que supone-, pero no estoy en su bando. Y mucho menos en el de aquellos que tratan de hacer comulgar con sus ruedas de molino de «si no corres deprisa es porque no entrenas bien, o no le pones interés».

No: hay gente que somos lentos y nos da completamente igual serlo. ¿Que quisiera correr rápido? Por supuesto, sería un cínico si lo negase, pero no es para nada una prioridad. Disfrutar sí. Y ver amanecer cada mañana, ahora ya con frío, mientras troto o ruedo con la gravel, y volver a casa a las ocho sabiendo que por la tarde podré jugar con mi hija, también.

Diego Rodríguez escucha Corazón latino de David Bisbal (se me ha metido en la cabeza, no ha sido elección).
Diego Rodríguez sueña con llegar ya a Kona.
Diego Rodríguez ha comido una hamburguesa vegetal del Burguer King a las nueve de la mañana.

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