Que escribas, coño

Hoy me han quitado una muela. La del juicio. La de la izquierda. Abajo. La 38, según el señor odontólogo que ha practicado la cirugía.

Que supongo que no importa un mojón pero me parecía una manera curiosa, cuando menos, de inaugurar este pantano.

No sé muy bien para qué he abierto un dominio personal en el que intentar escribir de manera recurrente (en esta frase en sí puede que esté la razón), pero no voy a plantearme mucho más allá de lo que llegue en el día. Reflexiones, pensamientos sobre el trabajo, sobre la vida, sobre el deporte y la manera que tenemos de enfrentar, lidiar y pelear con lo que nos toca a cada uno de nosotros: un día hablaré de productividad, otro debatiré conmigo mismo sobre todas las cosas que hago mal por si a alguien le sirven de ejemplo (de lo que no hay que hacer) y otras me dedicaré a contar la primera chorrada que se me venga a la cabeza y que quien me leáis os tendréis que tragar con papas.

Ya lo siento.

De una manera u otra, creo que dedicar un tiempo al día a escribir, quince o veinte minutos, es sano, muy sano: vivimos en la sociedad líquida, la del BANI mejor que el VUCA, la del corto plazo y la pérdida de atención, y en ese contexto sentarse delante de una pantalla en blanco, con la mirada fija en el promt que no para de tintinear, es la mejor manera de quedarse anclado, por un rato, a lo que hay dentro de nosotros.

Y no solo ayuda a hacer el ejercicio de introspección que de manera diaria todos tendríamos que hacer, no: también sirve para frenar en seco esa velocidad que toma nuestro entorno. ¿Quieres una vida más tranquila, sosegada, y en la que no tengas la sensación de surfear una ola de la que puedes caerte en cualquier momento? Coge el mando, frena el tiempo, escribe.

En ese impasse que dediques a las teclas, ten por seguro que lo que hay a tu alrededor irá mucho más despacio: no te preocupará si han llegado correos electrónicos, si tienes menciones en Instagram, si tienes cuatro WhatsApps pendientes de responder.

Porque, en el fondo, dedicándote ese tiempo a ti aprendes que nada de lo que pasa, y que nos han vendido como urgente, tiene realmente mucha importancia.

Como la muela. Ha pasado cuarenta y tres años conmigo y a la hora de la verdad no me ha importado una mierda que la hayan partido, fraccionado y astillado para quitármela.

Un problema menos.

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