Este juego es una mierda, me voy a mi casa

Exceptuando con Judit y con mi hija, soy de esas [inserte aquí un insulto] personas a las que les cuesta expresar sus emociones con sus familiares más cercanos.

Por desgracia, con ese triste cambio de rutinas que trajo la pandemia, dejé de dar besos a mis padres. Que sí, que mis besos podían recordar a los que el protagonista de Ordesa daba en casa, más por rutina que otra cosa, pero al fin y al cabo, eran besos.

Hoy, en el cruce de la octava con la cincuenta y uno, me he despedido de mi hermana hasta posiblemente verano del año que viene. Que se dice pronto: siete meses, o más, sin estar juntos en el mismo punto geográfico de este enorme puto planeta.

Y no quería dejar de abrazarme a ella. Aunque sea incapaz de expresarlo físicamente, aunque haya una desconexión entre lo que mi cabeza pide, y mi cuerpo hace, yo no quería dejar de abrazarme a ella.

La distancia es una mierda. Los servicios de mensajería instantánea son una mierda. Zoom es una mierda. El Atlántico y el capitalismo son una mierda. Todo era mejor cuando Markus no tenía que trasladarse a Estados Unidos. Todo era mejor cuando mi hermana vivía en Madrid, a una hora en AVE y tren de Valladolid. No como ahora. Que me da igual cuanto gane la gente, que lo importante no es eso. Ni el crecimiento profesional ni pollas en vinagre.

Porque lo normal es verse cada mes. O verse cada semana. Cualquier cosa, menos normalizar verse una vez al año. Y verse envejecer en la distancia, a lo lejos, tras una pantalla. Y después, cuando se alinean los planetas y volvemos a coincidir en fiestas de guardar, descubrirse nuevas arrugas, más peso -o menos-, o un corte de pelo distinto, y más ojeras. Porque siempre termina habiendo más ojeras.

Lo normal es quererse cerca, y tocarse. Que ya lo decía Gala, los españoles nos tocamos poco.

Así que tocaos, besaos, apretaos fuerte hasta que penséis que os vais a hacer daño.

Porque luego va a llegar un momento en el que no lo tengáis y lo echéis de menos y os sintáis tan imbéciles perdidos como me siento yo ahora.

Y ahí ya no habrá margen de mejora.

Diego Rodríguez escucha los pitidos de los coches tratando de llegar a Times Square.
Diego Rodríguez sueña con que Iberia ponga vuelos baratos de Nueva York a Madrid.
Diego Rodríguez ha comido hoy un ramen de lo flipas en Ippudo.

Descontrol

Hablaba con Israel García, cenando el sábado, de que hay algo que tengo descuadrado y no sé exactamente qué es. Hago ejercicio de introspección, analizo trabajo, familia y ocio, y no consigo dar con la tecla.

Desde hace varias semanas, trabajando con Magaly de Siquia, nos dimos cuenta de que hacer estos ejercicios de autoanálisis son muy útiles: en la medida que estoy desordenado a nivel personal, o hay algo que me atora -sin llegar a identificarlo-, me paralizo y permito que la avalancha de emociones negativas pueda conmigo.

A nivel personal es muy útil tratar de anticiparse a los acontecimientos, a todos aquellos aspectos que nos generan ansiedad, estrés, sensaciones negativas, y creo que grosso modo, sé localizar los insights cuando corro el riesgo de enfrentarme a situaciones de este tipo.

Sin embargo, en esta ocasión no soy capaz de dar con la tecla. Creo que el maremoto de viajes acontecidos en las últimas semanas -Dallas, Kona, Nueva York en unos días-, hacen que mi cabeza esté en un plan de «ya cuando vuelvas de Valencia el próximo 4 de diciembre nos ordenamos, tú tranquilo, tú mientras tanto, tira», que no es en absoluto positivo.

El gran problema de ser tan perfeccionista es que apenas tengo espacio para el respiro. Todas las energías se emplean en que todo salga así, perfecto.

Estoy en un proceso de aprender que «muy bueno» es bastante mejor que «perfecto», porque la diferencia de esfuerzos que te supone, es abismal. Pero por el momento, cuesta adaptarse, y creo que tanto viaje, tanto «no llegar a las cosas», tanto tener que delegar, hace que mis emociones estén a la virulé.

Necesito poner todo en orden, encontrar la agenda adecuada para compatibilizar vida familiar, trabajo y entrenamientos. Y teniendo en cuenta, con todo, que por ejemplo en el segundo de estos aspectos, el laboral, estoy haciendo grandes avances en las últimas semanas. Todo aquello que comentaba en entradas anteriores sobre el desarrollo de negocio, lo estoy llevando a cabo, tejiendo relaciones y cerrando reuniones que, aunque a corto plazo no den sus frutos, puede que sí lo hagan en el medio y largo plazo.

Pero quiero encontrar cuál es ese punto que chirría, para que todo se normalice, para no tener esa sensación de «algo no me gusta» o «algo se me está quedando por el camino», que hace que esté inquieto.

Este domingo próximo corro el Maratón de Nueva York, posiblemente la prueba deportiva que más ganas he tenido, a lo largo de toda mi carrera como runner y triatleta, de hacer. Supongo que el hecho de «los nervios» que se han acumulado a lo largo de las últimas semanas, han hecho mella.

¿Estaré mejor una vez pase la prueba, y cruce la meta con garantías? Espero que sí, aunque sinceramente, tengo mis dudas. Creo que la razón última de tanto descontrol interno transciende más allá.

Seguiré, por si acaso, pensando a ver por qué ocurre.

Diego Rodríguez escucha Justo cuando el mundo apriete de Viva Suecia.
Diego Rodríguez sueña con encontrar la razón última de este desasosiego.
Diego Rodríguez no ha comido nada. Una gastroenteritis surgida ayer tiene la culpa.

Valencia, Ciudad del running

Siete y media de la tarde. Esa franja horaria, en esta época del año, en la que la golden hour comienza a acabarse, pero aún el clima es benévolo. Y más en Valencia. Zona del Oceanográfic, El Corte Inglés, un centro comercial, gente paseando en pareja, en familia, jóvenes despistados que miran más al móvil que a la maravilla que tienen delante.

La ciudad bulle -al menos esta parte- y salgo del hotel y comienzo a correr. Me esperan apenas treinta minutos de trote. Y conecto Spotify y me salta, en una alerta, la noticia de que Antonia Font han vuelto tras once años y tienen nuevo disco.

Comienzan los primeros acordes de la primera canción al mismo tiempo que llego a la zona de jardines -disculpadme valencianos, ni sé cómo se llama, ni lo voy a buscar-, en la que cientos de personas pasean, corren, patinan, disfrutan del césped.

Pasan los minutos, pasan mis kilómetros y pienso en que mañana corro treinta cámara en mano, y repaso qué quiero contar, y en qué momento quiero hacerlo, y tengo las dudas lógicas de saber si lo pasaré mal, si se me hará bola tanto volumen. Pero al mismo tiempo disfruto del instante que vivo, del contexto, de Joan Miquel Oliver cantándome al oído al tiempo que anochece. Trato de saborearlo y que se tangibilice lo máximo posible.

Son treinta minutos, pero ojalá fueran más. ¿Por qué no correr una hora así, rodeado de tanta gente, y al mismo tiempo tan solo, con Valencia para mí?

En momentos así me siento un privilegiado, afortunado de saber que me pagan por disfrutar de lo que más me gusta.

Que no se acabe nunca.

Diego Rodríguez escucha Un minut estroboscòpica de Antonia Font.
Diego Rodríguez sueña con no desfallecer mañana.
Diego Rodríguez ha comido pulpo a la plancha y tiramisú.

¡Hola mundo!

Agotado. Si tengo que definir cómo me siento en los últimos diez días es ese, «agotado». La vuelta de Hawaii ha sido horrorosa, y el jetlag, según parece, no se lleva bien con mis 44 años.

No le encuentro otra explicación al hecho de que, tras otras tres visitas a la isla, en esta ocasión me haya derrotado de esta manera: desequilibrios locos en cuanto a sueño, fatiga generalizada y pocas fuerzas para prácticamente todo.

Afortunadamente, y gracias a mis dos últimas lecturas –Lo único de Gary Keller y Buenos hábitos de Fumio Sasaki-, he vuelto con ánimo de ordenar las cosas que, a lo largo de las últimas tres o cuatro semanas locas, se han desordenado.

Si repaso este periodo de tiempo en el que viajo tanto -prácticamente como en mayo-, he de reconocer que se necesita una fuerza de voluntad a prueba de bombas para no caer en malos hábitos, y todo en una rueda que, en una conexión perfecta, hace que la bola de nieve crezca y crezca.

Dejo de entrenar, como mal, engordo, me siento mal, me falta tiempo por todos los lados… Y ponerlo en su sitio es complicado. Hace falta un clic -y en esta ocasión ha sido ver a la gente competir en Kona-, para que tenga ganas de parar, analizar qué está ocurriendo, ponerlo por escrito y actuar.

Entonces un día me levanto y desayuno en condiciones, disfrutando de lo que preparo, y consigo salir a entrenar, aunque sea despacio y me sienta arrastrándome por el asfalto, y a la hora de la comida el cuerpo me pide una ensalada contundente, enorme, en vez de un plato de pasta con queso y tomate, con su grasaza.

Y en esas estoy ahora, a cinco días de correr la Media Maratón de Valencia, a tres semanas del Maratón de Nueva York, con nuevos proyectos entre las manos y con las ganas de que tanto la agencia como la revistan den un salto cuantitativo en 2023 -lo que me lleva a hacer esa actividad comercial de la que hablaba hace unos días-, y con un espíritu positivo y animoso.

Menos mal.

Y dado que son las 19:36 de la tarde, y se me cierran los ojos, ni voy a corregir el texto de hoy. Hala.

Diego Rodríguez escucha Mariposas de sangiovanni y Aitana.
Diego Rodríguez sueña con, mañana al despertarse, no encontrarse tan cansado.
DIego Rodríguez ha comido ensalada con guisantes, maiz y aguacate y un yogur griego.

Respira, Diego, respira

Si escribir tiene un efecto sanador cuando estás estresado, ansioso, irascible o cabreado, espero que sea cierto. Porque ahora mismo estoy en un cúmulo de sensaciones (y no pop, que cantaran Los Flechazos), que hacen que lo que más me apetezca sea gritar a una persona en concreto y desahogarme de situaciones que, en los últimos días, han agotado mi ya de por sí exigua paciencia.

No puedo con la gente que no escucha. No puedo con la gente a la que le estás hablando y le suda completamente la polla lo que le estás diciendo, que ni se inmuta sobre si para ti algo es importante o no.

Obviamente no voy a narrar los hechos que hacen que del primer párrafo pase a la reflexión del segundo -que podría-, pero el resumen es que el egoísmo se dibuja de muchas maneras y una es etsa, la de vivir en un mundo alejado de la realidad en el que, según parece, lo que hacemos no tiene consecuencias y si algo te supone un problema, ahí te las manejes.

Evitad a la gente que os hace estar de mala hostia.

Seguidme para más consejos sobre la vida.

Diego Rodríguez escucha Viviendo en la era pop de Los Flechazos.
Diego Rodríguez sueña con mañana no tener que trabajar mucho.
Diego Rodríguez ha comido galletas oreo de las normales cuando las quería de las dobles.

Irse de empalmada

Son las 02:22 de la mañana en Hawaii, las 14:22 de la tarde en la Península. Me muero de sueño. Lamentablemente me tengo que levantar en una hora para ir a cubrir el Campeonato del Mundo de IRONMAN, la carrera femenina, así que creo que mejor no me eche.

Omá.

Diego Rodríguez escucha a David McNamee en el nuevo vídeo de Planeta Triatlón.
Diego Rodríguez sueña con una siesta larga.
Diego Rodríguez ha comido un tazón de cereales con leche de avena.

Kona 2022 Día 1

Cansancio, sueño, dolor de cervicales y jetlag. Falta adaptarse al calor, a la humedad, a las doce horas de diferencia horaria que hacen que cualquier conversación con España sea ridícula, los precios son desorbitados y vamos con la lengua afuera a todos los sitios.

Pero joder, cómo echaba de menos ésto. Y cómo echaba de menos encontrarme con Carlos Vives, Ricard Balaguer, Fernando Barahona de Andrés y toda la gente con la que viví 2017, 2018 y 2019.

En mi primer desfile de las banderas la gente me miraba con cara de «y este quién narices es», y hoy gente que se ha partido los cuernos por clasificar, pidiéndole una foto a un pavo -yo- qué difícilmente baja de las doce horas en un larga distancia.

Puto Youtube, cómo dimensiona a gente que no nos lo merecemos.

Diego Rodríguez escucha el ordenador de Omar exportando el vídeo de hoy.
Diego Rodríguez sueña con dormir de un tirón esta noche.
Diego Rodríguez ha comido la tradicional Sunset burguer en Lava Java.

¿Se puede no hacer actividad comercial?

En muchas ocasiones pienso que, desde que salí del banco, he dejado de hacer algo que tenía automatizado en mi jornada de trabajo: la actividad comercial.

Trabajando en banca corporativa como trabajaba, el ochenta por ciento de la jornada podía estar, perfectamente, dedicada a intentar incrementar el volumen de negocio con clientes ya existentes, y a abrir nuevas vías con otros que no lo eran.

Curiosamente, en Tilde Comunicación, o más focalizado en Planeta Triatlón, es algo que hice en el primer año -en el que ya mis ingresos dependían de su buen volumen de facturación-, pero reconozco que con el paso de los años es una área a la que he tenido la suerte de no verme obligado a dedicarle tiempo de manera efectiva.

O sí, pero de una manera que ni yo mismo me doy cuenta.

Soy consciente de que la relevancia de la revista en 2022 es muy distinta a la de 2017. Por entonces teníamos, como medio, un gran déficit frente a la competencia: otras revistas nos llevaban años de ventaja, y era labor nuestra demostrar que habíamos llegado para cambiar el status quo y demostrar que las cosas podían hacerse de otra manera.

En este contexto, sí que listé una amplia serie de empresas a las que quería darme a conocer. Ahora, viéndolo con retrospectiva, creo que no segmenté bien y disparé sin ton ni son, sin miedo a nada (llegué a reunirme con CocaCola, para que veáis la dimensión), y que de haberlo hecho en la actualidad me hubiera cuidado muy mucho de a quién contactar.

Hoy por hoy tengo la suerte de que grandes players del sector han llamado a mi puerta. Supongo que el canal de Youtube es un atractivo importante, y que, como me decía Juanan Fernández hace unos días nos preocupamos por constantemente estar actualizados con qué merece la pena contar y cómo contarlo.

No obstante, creo que, estando a principios de octubre como estamos, este año sí querría ponerme en la agenda desarrollar una estrategia comercial para 2023: decidir en qué clientes me gustaría entrar, y cómo llegar a ellos de manera natural y sin fricciones. El que sea orgánico, aunque buscado, es para mí algo clave.

¿Por qué? Pues porque básicamente en la agencia es lo que se viene haciendo: vender sin darnos prácticamente cuenta y de manera natural.

Explícate, Diego: ¿en Tilde Comunicación, qué?

Hace unas semanas, en este contexto del «no estoy haciendo actividad comercial con nuevos clientes», hablaba con Luis y Fernando de Duonex, extrapolándolo a Tilde Comunicación.

Afortunadamente contamos con una cartera de clientes amplia y relevante, que incluye importantes empresas del sector inmobiliario, fondos de inversión, administración pública, empresas industriales y eventos deportivos.

Sin embargo, en Castilla y León, donde estamos ubicados y donde generamos valor como empresa, no tenemos la sensación de tener un peso importante a nivel «conocimiento por parte del tejido empresarial». Exceptuando un par de clientes B2B, apenas contamos con bagaje.

Para ponerlo en perspectiva hay que tener en cuenta que en plantilla somos ocho personas, lo que puede ubicarnos dentro de la región entre posiblemente una de las cinco con más volumen de trabajo.

Y para recordar un momento en el que Judit o yo hayamos mandado un correo o levantado el teléfono para abrir una nueva oportunidad de negocio hay que retrotraerse mucho en el tiempo.

¿Es esto bueno? Lo dudo. Creo que toda empresa, sea del tipo que sea, ha de estar activa en de manera constante en la generación de negocio, dado que vivimos en un entorno de incertidumbre que hace que sea una responsabilidad cubrirse ante imprevistos.

Pero si me paro a reflexionar, creo que en el fondo sí hacemos actividad comercial, y mucha.

Porque tejemos relaciones, y tenemos la gran suerte de que nuestros contactos en las empresas nos referencian o, cuando cambian de empresa, quieran continuar trabajando con nosotros.

Sin darnos cuenta, creo que contamos con prescriptores de relevancia que hacen que cada año surjan nuevas oportunidades de negocio.

Me gustaría decirlo con la boca pequeña, pero por mucho que me esfuerce va a sonar pretencioso de todas las maneras: creo que eso dice bastante a nuestro favor.

Por otro lado, no vendas lo que no tienes, o lo que no eres

Judit, que siempre digo que me da mil millones de vueltas en lo que se refiere a visión empresarial, tiene una frase que define la naturaleza de cómo nos planteamos nuestro trabajo con clientes: «nos gustan las cosas a largo plazo», lo que permite que dedicándonos como nos dedicamos a los contenidos digitales, podamos ser muy francos, sinceros y humildes con ellos.

Nuestra labor es de pico y pala (sabiendo dónde picar y dónde meter la pala, está claro), de tener paciencia, conocimiento, y tratar de involucranos lo máximo posible: las empresas nos externalizan su labor de contar al mundo qué hacen y qué quieren, y eso supone que estemos muy de su lado. Ni vendemos humo, ni somos pretenciosos.

Quizás esa manera de ser, que Judit dice que es muy castellana, nos haya hecho perder oportunidades ante otras agencias -muy de Madrid, he de decir- que te venden el oro y el moro con presentaciones powerpoint preciosas. Pero entonces no seríamos nosotros, y al fin y al cabo esas cosas se notan.

El ADN es el ADN. O dicho de manera mucho más mundana, la cabra siempre tira al monte. Y por mucho humo que vendas, lo que tendrás serán clientes que te compran, se dan cuenta de que se equivocaron, y no querrán verte en la vida.

Diego Rodríguez escucha Saturday Night de Whigfield.
Diego Rodríguez sueña con darse una buena ducha al llegar a Kona.
Diego Rodríguez ha comido una hamburguesa en el aeropuerto de Maui.

En algún punto entre Madrid y Charlotte

Según el mapa de vuelo de la pantalla del avión, ahora mismo me encuentro en un punto indeterminado, en pleno Atlántico, entre Ponta Delgada y la Zona de Disyunción Charlie-Gibbs. Para mí que es un nombre inventado.

Salí del aeropuerto Adolfo Suárez Vodafone Madrid-Barajas Kalia OxiAction a las once de la mañana, y ahora mismo aún falta cinco horas y trece minutos para llegar a Charlotte, primera escala del viaje a Kona.

Otro año que voy a cubrir el Campeonato del Mundo de IRONMAN, y con éste, ya serán cuatro ediciones. En 2017, aún trabajando en banca, me parecía un sueño; en 2018, junto a JuanP, ya tocó trabajar -Crown Sport Nutrition, ASICS, Trifanatics y Zone3, aún lo recuerdo-; y en 2019 fui de los afortunados que vio entrar a Jan Frodeno en meta haciéndose con su tercer título.

Ir a la isla es ir a la meca triatlón, y me da igual si quien me lee es aficionado a la corta o a la larga distancia. Nuestro deporte nació allí, y creo que, pudiendo tener la capacidad financiera para permitírselo, habría que ir al menos una vez en la vida -al menos a verlo-, porque no deja de ser un puto espectáculo. Otra cosa es que languidezca y todo apunte a que tenga los días contados.

IRONMAN tiene inversores, que toman decisiones, y se vislumbra que en alguna edición, no muy lejana, se decida rotar la sede igual que se hizo hace algo más de una década con el Campeonato del Mundo de IRONMAN 70.3, que se venía celebrando desde sus principios en Clearwater, Florida.

Y no pasará nada.

Kona está por morir, pero no aquellos que piensan que no hay nada más importante que Kona (pobrets meus)

Quizás en algún momento dado convendría que la prueba, tal como la conocemos, pierda toda esa mística que la nostalgia y el ego -porque buscar clasificar para el Campeonato del Mundo de IRONMAN no es más que una cuestión de ego-, quieren mantener.

Ayer, en Strava, un amigo -sin maldad ninguna, por supuesto-, criticó de manera subrepticia los ritmos a los que había entrenado. Soy un señor lento, que en parte ha perdido las motivaciones para mejorar, y que trata simplemente de disfrutar de cada entrenamiento. Que ya me parece un éxito.

En ese contexto, creo que estoy en una batalla personal contra todos aquellos que piensan que si no corres rápido, pedaleas rápido o nadas rápido, es lícito mirarte desde una posición de preponderancia, como con desdén, o con cierto paternalismo. Cuando creé Planeta Triatlón lo hice porque precisamente pensaba que el popular de a pie no tenía una revista en la que sentirse identificado, que todo era información sobre pruebas que mirar desde la distancia, sin un sentimiento de pertenencia.

Supongo que por entonces, allá en 2015, fue una de las razones por las que tuvimos éxito. Además de lo que contaba hace unos días de los treinta años escribiendo, y saberme rodear de gente que también tenía como máxima escribir bien, el aporte de valor de Planeta Triatlón fue saber crear una comunidad de afines, de gente que se sentía representada con lo que contábamos y cómo lo contábamos.

Siete años después obviamente ha habido cambios en la revista, pero sigo pensando que la razón de ser del medio es escribir para todos aquellos que hacen malabares para meter un entrenamiento entre trabajo y familia, que fallan, que al día siguiente se dicen a sí mismos «venga, va, sal aunque te dé pereza», y van y salen.

Soy de los que prefiere una cerveza con los amigos, o estar tirado en el sofá viendo Manzana y cebolleta con mi hija, a un entrenamiento que no me apetece hacer. Por fortuna, en estos momentos hay pocas sesiones que no me apetezca hacer; las hago, pero después no me preocupo por si en la cena ha habido déficit calórico o no.

Es un puto hobby, recordémoslo.

Aprecio a los que miden absolutamente todo y priorizan entrenamiento ante otros aspectos de su vida -no entiendo clasificar para el Campeonato del Mundo de IRONMAN de otra manera, soy consciente de todo el esfuerzo que supone-, pero no estoy en su bando. Y mucho menos en el de aquellos que tratan de hacer comulgar con sus ruedas de molino de «si no corres deprisa es porque no entrenas bien, o no le pones interés».

No: hay gente que somos lentos y nos da completamente igual serlo. ¿Que quisiera correr rápido? Por supuesto, sería un cínico si lo negase, pero no es para nada una prioridad. Disfrutar sí. Y ver amanecer cada mañana, ahora ya con frío, mientras troto o ruedo con la gravel, y volver a casa a las ocho sabiendo que por la tarde podré jugar con mi hija, también.

Diego Rodríguez escucha Corazón latino de David Bisbal (se me ha metido en la cabeza, no ha sido elección).
Diego Rodríguez sueña con llegar ya a Kona.
Diego Rodríguez ha comido una hamburguesa vegetal del Burguer King a las nueve de la mañana.

Yo tengo 44 y tú eres casi una menor…

Hoy he cumplido 44 años. He tenido dolor de muelas. Y he visto Tadeo 3 con Judit y Julia. Y me he bebido una cocola de 750ml. Y he corrido. Y he visto Elvis.

Y ya soy consciente de que le he dado la vuelta al jamón.

Diego Rodríguez escucha Treinta y tres de La Costa Brava.
Diego Rodríguez sueña con dejar de tener dolor de muelas.
Diego Rodríguez ha comido del chino, que lo ha pedido Judit para cenar.